Organizado por la CCRD, este campamento se ha consolidado como una tradición que no sólo reúne a toda la hermandad sino que también tamien suelen acompañarnos amigos y familiares a experimentar juntos la presencia de Dios en un contexto de comunidad y servicio.
Cada jornada comenzaba con un tiempo para recibir la palabra, seguida de actividades que movilizaban tanto la mente como el espíritu: desde competencias recreativas y deportivas hasta presentaciones y noches de adoración que fomentaron la fraternidad y el gozo compartido. Esto se complementó con servicios de desayuno, almuerzo y once comidas, organizados por la comisión de servicio de la comunidad. El campamento compartió un lema centrado en la escucha atenta a la verdad, inspirado en Hebreos 2:1 (“Así que debemos prestar mucha atención a las verdades…”), que invitó a los participantes a ser cuidadosos en su discipulado y atentos a la voz de Dios a lo largo de toda la experiencia.
Durante la semana, la comunidad se enfocó en tiempos de ministración con diversas enseñanzas que abordaron temas fundamentales del Reino de Dios para matrimonios, jóvenes, matrimonios, mujeres solas y familias, tal como lo mostró el calendario del evento, con la participación de distintos hermanos responsables. Estas enseñanzas sirvieron como ejes para la recordar lo aprendido en los años , profundizando el significado de vivir como discípulos de Cristo.
El testimonio visual compartido en redes sociales como Instagram da cuenta de la alegría y la intensidad de lo vivido: publicaciones diarias muestran desayunos en comunión, cultos de celebración y plenarias marcadas por la presencia de Dios y la comunión de los asistentes. Muchos de estos posts subrayan cómo el campamento fue un tiempo para “detenerse, reflexionar y volver a lo esencial”, así como para celebrar juntos a nuestro Señor y Rey Jescristo en un entorno natural que facilitó la conexión espiritual y humana.
Más allá de las actividades programadas, Mantilhue se transformó durante una semana en un centro de encuentro espiritual y familiar, donde cada generación tuvo espacios para aprender, servir y compartir. No fue sólo una jornada de enseñanza, sino un momento de transformación comunitaria que reflejó la misión de la iglesia: ser una familia de Dios que camina junta, ama juntas y sigue a Cristo con dedicación.
Al concluir el campamento, los hermanos regresaron a sus hogares no solo con recuerdos de un verano lleno de experiencias, sino con un renovado compromiso de vivir su fe diariamente y de continuar creciendo como discípulos de Jesús.



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